Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Vi a la luna abandonar su guardia y a la oscuridad empezar a cubrir el río. Pero, al poco rato, noté una franja pálida por encima de los árboles y comprendí que se acercaba el día. De modo que cogí la escopeta y me deslicé hacia el sitio en que había descubierto el fuego, parándome cada dos o tres minutos a escuchar. Pero no tuve suerte, no conseguía dar con el sitio.
Al cabo de un rato, sin embargo, divisé un fuego por entre los árboles. Me acerqué a él, despacio y con cautela. No tardé en encontrarme lo bastante cerca para echar una mirada y vi a un hombre tendido en el suelo. Por poco me quedo en el sitio.
Tenía una manta liada a la cabeza, que estaba casi metida en el fuego. Me senté allí, detrás de un zarzal, a poca distancia de él, y no le quité la vista de encima. Una luz gris lo alumbraba todo ya. Al poco rato el hombre bostezó, se despertó, y se quitó la manta de encima. ¡Era el Jim de la señorita Watson! ¡Qué contento estuve de verle! Dije:
—¡Hola, Jim!
Y salí de entre los árboles.
Él se puso en pie de un brinco y me miró, alocado. Después cayó de rodillas y juntó las manos.