Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡No me hagas daño! —dijo—. En mi vida le he hecho mal a un fantasma. Siempre me han gustado las personas muertas y he hecho por ellas todo lo que he podido. Vuélvete al rÃo, que es donde debes estar, y no le hagas nada al viejo Jim, que siempre fue tu amigo.
Bueno, pues no tardé mucho en hacerle comprender que no estaba muerto. Estaba muy contento de verle. Ya no me sentÃa solo. Le dije que no tenÃa miedo de que él contase a alguien dónde estaba. Seguà hablando, pero él no hizo más que sentarse y mirarme, sin decir una palabra. Después dije:
—Es de dÃa ya. Vamos a desayunar. Aviva el fuego y échale leña.
—¿De qué sirve avivar el fuego y echarle leña para guisar fresas y toda esa porquerÃa? Pero tú tienes escopeta, ¿no? PodrÃamos conseguir algo mejor que fresas.
—Fresas y toda esa porquerÃa… —dije—. ¿De eso vives?
—No pude encontrar ninguna otra cosa.
—Pero ¿cuánto tiempo llevas en la isla, Jim?
—Vine aquà la noche siguiente de que te asesinaran.
—¡Cómo! ¿Todo ese tiempo?
—Ya lo creo.
—¿Y solamente has comido esa porquerÃa?
—SÃ, nada más.