Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Bueno, pues verás, fue así. Mi amita, la señorita Watson, me pincha constantemente y me trata bastante mal, pero siempre le había oído decir que no me vendería en Orleans. Pero últimamente noté que por allí rondaba mucho un traficante de negros y empecé a sentirme intranquilo.

»Conque una noche, bastante tarde, me arrastré hasta la puerta, y la puerta no estaba cerrada del todo. Y oí a mi amita decirle a la viuda que iban a venderme a Orleans, pero que no quería; mas como le ofrecían ochocientos dólares por mí y era eso un montón de dinero tan grande que no podía resistir la tentación…

»La viuda intentó hacerle prometer que no haría semejante cosa, pero yo no esperé a ver en qué paraba el asunto. Me largué más que aprisa, te lo aseguro.

»Salí disparado colina abajo con la esperanza de robar un esquife en la orilla del río, más arriba de la población, pero aún había gente por allí; por ello me escondí en la tonelería medio derruida que hay junto al río para esperar a que se marchara todo el mundo.

»Allí pasé toda la noche. Siempre hubo alguien rondando por los alrededores. A eso de las seis de la mañana empezaron a pasar canoas y, a eso de las ocho o las nueve, en todos los esquifes que pasaban se hablaba de que tu padre había ido a la población diciendo que te habían matado.


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