Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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»Los últimos esquifes pasaban llenos de señoras y caballeros que iban a ver el sitio. A veces atracaban en la orilla y descansaban antes de empezar a cruzar, y por sus conversaciones acabé enterándome de toda la noticia. Sentí enormemente que te hubieran matado, Huck; pero ya no lo siento ni pizca.

»Me pasé todo el día tumbado allí debajo de las virutas. Tenía hambre, pero no miedo, porque sabía que mi amita y la viuda se marcharían a una reunión religiosa que se celebraba al aire libre inmediatamente después del desayuno y que estarían fuera todo el día. Y ellas sabían que yo tenía la costumbre de salir con el ganado al amanecer, conque no esperarían verme por allí y no me echarían de menos hasta después de anochecer. Los demás criados no me echarían de menos porque, en cuanto las viejas se hubieran marchado, se largarían de fiesta.

»Bueno, pues tan pronto anocheció seguí por el camino del río y caminé dos millas o más hasta donde no hubiera ninguna casa. Ya había pensado lo que iba a hacer. Si intentaba fugarme a pie, los perros me seguirían la pista; si robaba una canoa para cruzar el río, echarían en falta la canoa y sabrían poco más o menos dónde habría desembarcado en la otra orilla y dónde buscar mi pista. Así pues, me dije: “Una balsa es lo que yo necesito, eso no deja rastro”.


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