Los diarios de Adan y Eva

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Tres meses más tarde

El canguro sigue creciendo, lo cual es muy extraño y me deja perplejo. Nunca conocí a ninguno que tardara tanto en crecer. Ahora tiene pelaje en la cabeza; no como el pelaje del canguro, sino exactamente como nuestro cabello, excepto que es mucho más fino y suave, y en lugar de ser negro es rojo. Creo que me volveré loco con los caprichosos y acuciantes desarrollos de este portento zoológico inclasificable. Si pudiera atrapar otro… pero no es probable; se trata de una nueva variedad y es el único ejemplar, eso está claro. Atrapé un verdadero canguro y lo traje, pensando que éste, al estar solo, preferiría tener un compañero o cualquier animal con el cual sentirse cercano o simpatizar en su desamparo, rodeado de extraños, que no conocen sus hábitos y costumbres, ni saben qué hacer para que se sienta entre amigos; pero fue un error: cuando vio al canguro, se puso en tal estado que me convencí de que nunca antes había visto uno. Me da lástima el pobre animalito ruidoso, pero ignoro el modo de hacerlo feliz. Si pudiera domesticarlo… pero está fuera de toda cuestión; cuanto más lo intento, peor salen las cosas. Me rompe el corazón ver sus pequeñas crisis de llanto y rabia. Propuse dejarlo ir, pero ella no quiso. Me parece cruel e indigno de ella, y sin embargo quizá tenga razón. Puede que él esté más solo que nunca, pues, si yo no puedo hallar otro, ¿cómo podría hacerlo él?


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