Los diarios de Adan y Eva
Los diarios de Adan y Eva Puse un palo seco en el suelo y traté de cavar en él un agujero con otro palo, con el fin de llevar a cabo un plan que tenía, y pronto me llevé un susto atroz. Una capa delgada, transparente y azulina surgió del agujero; solté todo y corrí. Pensé que era un espíritu, ¡estaba tan asustada! Pero miré hacia atrás y vi que no me perseguía; de modo que me recosté sobre una roca y me quedé allí, jadeando, y dejé que mis piernas temblaran hasta que recuperaron nuevamente la firmeza; luego volví con precaución, alerta, observando, y lista para huir si era necesario; cuando estuve cerca, aparté las ramas de unos arbustos y espié a través —deseando que el hombre estuviera allí, pues me veía ingeniosa y bonita—, pero el espíritu se había marchado. Cuando me acerqué vi un montoncito de delicado polvo rosado en el agujero. Puse mi dedo en él para sentirlo y dije ¡ay!, y lo saqué de inmediato. Era un dolor cruel. Me puse el dedo en la boca; y dando saltitos y gruñendo logré aliviar mi sufrimiento; luego se despertó mi interés, y comencé a examinar el asunto.
Me daba curiosidad saber qué era el polvo rosado. De pronto, se me ocurrió el nombre, aunque nunca lo había oído antes. ¡Era fuego! Estaba segura de ello, tan segura como una persona puede estarlo de cualquier cosa en el mundo. De modo que, sin vacilación, lo llamé «fuego».