Los diarios de Adan y Eva
Los diarios de Adan y Eva Había creado algo que antes no existía; había añadido una cosa nueva a las incontables propiedades del mundo; me di cuenta de ello y me enorgullecí de mi logro, y estaba a punto de correr para encontrarlo a él y contárselo, pensando que eso me elevaría en su estima; pero luego reflexioné y no lo hice. No: a él no le importaría. Preguntaría por su utilidad y ¿cuál podría ser la respuesta? Pues eso no era bueno para nada, excepto que era algo bello, meramente bello…
De modo que suspiré y no fui. El fuego no era bueno para nada; no podía construir una choza, no podía mejorar los melones, no podía acelerar la maduración de un fruto; era inútil, era una tontería y una vanidad; él lo despreciaría con palabras mordaces. Pero para mí no era despreciable; dije: «¡Oh, fuego, te amo, criatura etérea y rosada, porque eres bello y eso basta!», y estaba a punto de apretarlo contra mi pecho. Pero me contuve. Luego saqué otra máxima de mi cabeza, aunque tan parecida a la primera que advertí que era apenas un plagio: «El experimento quemado teme al fuego».