Los diarios de Adan y Eva
Los diarios de Adan y Eva Puse manos a la obra otra vez, y cuando había hecho una buena cantidad de polvo de fuego, lo vertí en un manojo de pasto seco, intentando llevarlo a casa y conservarlo para siempre y jugar con él; pero el viento lo azotó y lo esparció sobre mí furiosamente, y entonces lo dejé caer y corrí. Cuando miré hacia atrás, el espíritu azul estaba ascendiendo y estrechándose y enroscándose como una nube, e instantáneamente pensé en un nombre: humo, aunque al pensar esa palabra nunca había oído hablar del humo previamente.

Muy pronto, unas brillantes luces amarillas y rojas atravesaron el humo, y les di nombre en ese instante: llamas, y también acerté, aunque ésas eran las primeras llamas que había habido en el mundo. Treparon a los árboles y luego relumbraron de manera espléndida en medio del vasto y creciente volumen del tembloroso humo, y golpeé las palmas y reí y dancé en un rapto, pues ¡todo era tan nuevo y extraño y tan maravilloso y bello!
Él vino corriendo, y se detuvo y observó, y no dijo una sola palabra durante varios minutos. Luego preguntó qué era. Ay, no convenía que hiciera esa pregunta tan directa. Yo tenía que responder, y eso hice. Dije que era fuego. Si lo fastidiaba que yo supiera y que él tuviera que preguntar, no era culpa mía; yo no tenía deseos de fastidiarlo. Después de una pausa, preguntó:
—¿Cómo se produjo?