Principe y mendigo
Principe y mendigo La guarida de Hendon estaba en la pequeña posada del puente. Al acercarse el caballero a la entrada con su amiguito, dijo una voz bronca:
—¡Ah! ¿Has aparecido ya? ¡No volverás a escaparte, yo te lo aseguro! Como el machacarte los huesos hasta hacértelos papilla pueda enseñarte algo, no nos harás esperar otra vez.
Al decir esto, Juan Canty alargó la mano para agarrar al muchacho, mas Miles Hendon se interpuso, diciendo:
—No tan aprisa, amigo. Eres, a fe mÃa, demasiado brusco. ¿Qué tienes que ver con este muchacho?
—Por si tu negocio es entrometerte en los ajenos, he de decirte que es mi hijo.
—¡Eso es mentira! —exclamó furioso el reyecito.
—Bien dices, y te creo, hijo mÃo, tanto si tienes la cabeza sana como si estás loco. Pero sea o no tu padre este rufián despreciable, da lo mismo, no ha de tenerte para pegarte y abusar, como ha amenazado, si prefieres permanecer conmigo.
—¡SÃ, sÃ! No lo conozco. Lo aborrezco, y moriré antes de irme con él.
—Entonces está decidido, no hay más que decir.
—¡Eso ya lo veremos! —exclamó Juan Canty, tratando de pasar por el lado de Hendon para agarrar al niño—. Por fuerza…