Principe y mendigo
Principe y mendigo —Si te atreves a tocarlo, piltrafa con vida, te ensarto como a un pato —dijo Hendon cerrándole el paso y llevando la mano al puño de la espada.
A esto retrocedió Canty, y Hendon siguió:
—Te prevengo que he tomado bajo mi protección a este muchacho cuando una chusma de tu calaña querÃa maltratarlo y acaso lo habrÃa matado. ¿Imaginas que lo voy a entregar ahora a un destino peor? Porque tanto si eres su padre como si no —y a fe mÃa creo que mientes—, una muerte con decoro y rápida serÃa mucho mejor para él que la vida en unas manos tan rudas como las tuyas. Sigue, pues, tu camino, y luego, porque no me gusta decir palabras de balde, ya que no me es natural ser paciente con exceso.
Juan Canty se apartó murmurando amenazas y maldiciones, y desapareció de la vista, tragado por la multitud. Handon subió tres tramos de escalera hasta su cuarto en compañÃa del niño, después de ordenar que les sirvieran de comer. Era una pobre pieza, con una destartalada cama y algunos muebles viejos, y alumbrada vagamente por dos moribundas velas. El rey niño se arrastró hasta la cama y se tendió en ella, casi exhausto de hambre y de fatiga. HabÃa estado en pie gran parte del dÃa y de la noche (entonces eran las dos o tres de la mañana), y no habÃa comido nada. Soñoliento, balbució:
—Ruégote que me llames cuando esté puesta la mesa. —Y cayó inmediatamente en profundo sueño.