Principe y mendigo
Principe y mendigo —No es muy larga, señor, pero acaso a falta de cosa mejor pueda divertir a Vuestra Majestad. Mi padre, sir Ricardo, es muy rico y de natural en extremo generoso. Murió mi madre siendo yo niño; tengo dos hermanos: Arturo, el mayor, cuya alma es como la de su padre, y Hugo, menor que yo, que es un espÃritu mezquino, codicioso, traidor, vicioso, artero… un reptil. Asà fue desde su cuna; asà era diez años ha, cuando lo vi por última vez: un bribón de diecinueve años. Entonces yo tenÃa veinte y Arturo veintidós. No queda nadie más de mi familia, salvo lady Edita, mi prima, que entonces tenÃa dieciséis años. Era hermosa, gentil y buena. Es hija de un conde, la última de su familia, y heredera de una gran fortuna y de un tÃtulo caducado. Mi padre era su tutor. Yo la amaba y ella me amaba a mÃ, pero contrajo nupcias con Arturo desde la cuna, y sir Ricardo no quiso consentir que se rompiera el contrato. Arturo querÃa a otra doncella y nos dijo que tuviéramos ánimo y no perdiéramos la esperanza de que el tiempo y la suerte, de consumo, traerÃan algún dÃa un feliz suceso a nuestra causa. Hugo codiciaba la hacienda de lady Edita, aunque fingÃa amarle; pero siempre fue su hábito decir una cosa y pensar otra. Mas todas sus artes se perdieron con la doncella. Hugo pudo engañar a mi padre, pero a nadie más. Mi padre le querÃa más que a los otros y confiaba en él y en él creÃa, porque era el hijo menor y los demás lo odiaban, cualidad esta que siempre ha sido parte a granjear el amor de un padre. Hugo tenÃa un hablar suave y persuasivo y un admirable don para la mentira, y estas son prendas que ayudan mucho a despertar un afecto ciego. Yo estaba furioso… podrÃa ir más allá, y decir que furiosÃsimo, aunque era una furia demasiada inocente, puesto que a nadie dañaba sino a mÃ, ni trajo vergüenza a nadie ni pérdida alguna, ni llevaba en sà ningún germen de crimen ni de bajeza, ni de nada que no correspondiera a mi noble condición.