Principe y mendigo
Principe y mendigo —¡Ea! Ya está. Es un trabajo de primera, y hecho con sobrada rapidez. Ahora voy a despertarlo, lo vestiré, le echaré agua, le daré de comer, nos iremos al mercado junto a la posada del Tabardo de Southwark, y… Dignaos levantaros, señor… ¡No responde! ¿Qué es esto? No tendré más remedio que profanar su sagrado cuerpo tocándolo, puesto que su sueño es sordo a mis palabras. ¡Qué!
Jaló las mantas. El niño habÃa desaparecido.
El soldado miró un momento a su alrededor sin que su asombro pudiera expresarse en palabras. Por primera vez observó que también faltaban las andrajosas ropas de su pupilo, y entonces empezó a echar juramentos y a llamar furioso al posadero.
—¡Habla, aborto de Satanás, o es llegada tu última hora! —Rugió el soldado, dando tan salvaje salto hacia el mozo, que éste perdió unos instantes el habla, de espanto y sorpresa—. ¿Dónde está el muchacho?
Con entrecortadas y temblorosas palabras dio el criado la información que se le pedÃa.