Principe y mendigo
Principe y mendigo —Apenas habÃas salido de aquÃ, señor, cuando llegó un mozalbete corriendo y dijo que vuestra voluntad era que el muchacho fuera a reunirse con vos en el extremo del puente, por el lado de Southwark. Yo lo traje aquÃ, y cuando despertó el niño y le di el recado, gruñó un poco, porque lo despertaban «tan temprano», como él dijo, pero al punto se puso sus harapos y se fue con el mozalbete, diciendo que mejor habrÃa sido que vos hubierais venido en persona en vez de enviar a un extraño; y asÃ…
—¡Y asà que eres un imbécil, un necio incapaz! ¡Maldita sea toda tu casta! Pero acaso no haya en ello nada majo. Quizá no se proponen hacerle daño. Voy en su busca. Prepara la mesa. ¡Espérate! Las ropas de la cama estaban puestas como si taparan a alguien. ¿Ha sido casualidad?
—No lo sé, señor. Yo he visto que el mozalbete andaba removiéndolas; quiero decir, el que ha venido por el niño.
—¡Truenos y centellas! Lo han hecho para engañarme, está claro que se proponÃan ganar tiempo. Escucha. ¿VenÃa solo el mozalbete?
—Completamente solo, señor.
—¿Estás seguro?
—SegurÃsimo.
—Piénsalo bien. Haz memoria. Tómalo con calma.
Después de un momento de meditar, dijo el criado: