Principe y mendigo
Principe y mendigo —Llévatelo, porque ha merecido la muerte. Es una lástima, pues era un corazón valeroso… Quiero decir que tiene aspecto de eso.
El preso cruzó las manos con fuerza y las retorció desesperadamente, clamando al mismo tiempo al «rey» con desgarradas y grandes voces:
—¡Oh, mi señor y rey! Si puedes apiadarte de los perdidos, ten piedad de mÃ. Soy inocente. Lo que me imputan no se ha probado ni mucho menos. Pero no hablo de eso. Se ha dictado contra mà una sentencia, y no puede ser alterada; mas en mi desesperación te suplico una gracia, porque mi destino es peor de lo que puede imaginarse. ¡Una gracia, una gracia, oh, mi señor y rey! ¡Que tu regia compasión acceda a mi ruego! ¡Da orden de que me ahorquen!
Tom estaba asombrado. No era esto lo que él habÃa previsto.
—Por mi vida que es extraña la gracia que pides. ¿No era ésa la muerte que te preparaban?
—¡Oh, mi señor! No era ésa. Se ha mandado que me hiervan vivo.
Esa horrenda sorpresa que conllevaban estas palabras, casi hizo saltar a Tom de su silla. En cuanto pudo recobrarse exclamó:
—¡Se hará según tu voluntad, infeliz! ¡Aunque hubieras envenenado a cien hombres, no deberÃas sufrir tan miserable muerte!