Principe y mendigo
Principe y mendigo El prisionero se inclinó hasta tocar el suelo con el rostro, y estalló en frenéticas exclamaciones de gratitud, que terminaron de esta suerte:
—Si alguna vez, lo que Dios no quiera, llegaras a conocer el infortunio, ¡ojalá se recuerde y se recompense tu bondad para conmigo en el dÃa de hoy!
Tom se volvió al conde de Hertford y le dijo:
—Milord, ¿es concebible que haya podido dictarse una sentencia tan feroz contra ese hombre?
—Ésa es la ley, señor, para los envenenadores: En Alemania los monederos falsos son hervidos en aceite hasta que mueren, pero no echándolos de súbito, sino dejándolos caer poco a poco atados a una cuerda; primero los pies, luego las piernas, después…
—¡Oh! ¡No sigas, milord, te lo ruego!, ¡no puedo soportarlo! —Exclamó Tom cubriéndose los ojos con las manos para apartar de sà la horrible escena—. Te ruego que ordenes que se cambie esa ley… ¡Que no haya más pobres criaturas sometidas a ese tormento!
El semblante del conde mostró profunda satisfacción, porque era hombre de impulsos generosos, cosa no muy frecuente en su clase en aquella edad feroz.
—Esas nobles palabras tuyas —dijo— han sellado la condena de esa ley. La historia lo recordará en honor de tu casa real.
El alguacil se disponÃa a llevarse al preso, mas Tom le hizo un signo de que esperara y le dijo: