Principe y mendigo
Principe y mendigo —Quiero enterarme mejor de este asunto. Dice ese hombre que su crimen no se le probó. Cuéntame lo que sepas de ello.
—Con la venia de Vuestra Majestad. En el juicio se demostró que ese hombre entró en una casa de la aldea de Islington, donde había un enfermo; tres testigos dicen que entró a las diez de la mañana y otros dos que unos minutos más tarde. El enfermo estaba a la sazón solo y durmiendo. Ese hombre no tardó en salir y proseguir su camino. El enfermo murió al cabo de una hora, desgarrado por espasmos y estremecimientos.
—¿Vio alguien cómo le daba el veneno? ¿Se ha encontrado el veneno?
—Cabalmente, no, señor.
—Entonces, ¿cómo se sabe que murió envenenado?
—Porque los doctores atestiguaron que nadie muere de esos síntomas sino por veneno.
Ésta era una prueba de gran peso en aquellos crédulos tiempos. Tom comprendió su formidable carácter y dijo:
—Los médicos saben su oficio. Digamos que tuvieran razón. El asunto presenta mal cariz para este pobre hombre.