Principe y mendigo
Principe y mendigo —Pero no fue eso todo, Majestad. Hay más y peor. Muchos testificaron que una bruja, que después desapareció de la aldea, nadie sabe adónde, vaticinó, y lo dijo en secreto a varias personas, que el enfermo morirÃa envenenado, y que, además, le darÃa el veneno un desconocido de pelo castaño y de ropas comunes y usadas; y asà este preso respondÃa a la descripción. DÃgnese Vuestra Majestad dar a esa circunstancia el solemne peso que merece, en vista de que fue vaticinada.
Éste era un argumento de tremendo peso en aquellos dÃas de superstición. Tom se dijo que no habÃa más que hablar, y que, si de algo valÃan las pruebas, la culpa de aquel hombre estaba demostrada. Sin embargo, ofreció una tabla de salvación al preso diciéndole:
—Si puedes alegar algo en tu favor, habla.
—Nada que pueda ser de provecho señor. Soy inocente, mas no puedo demostrarlo. No tengo amigos, pues si los tuviera podrÃa probar que no estuve aquel dÃa en Islington. También podrÃa demostrar que, a la hora que dicen, estaba a más de una legua de distancia, porque me hallaba en la Escalera Vieja de Wapping. Y aun podrÃa demostrar que cuando dicen que estaba quitando una vida, estaba salvándola. Un niño que se ahogaba…
—¡Calla! Alguacil, dime qué dÃa se cometió el delito.
—A las diez de la mañana, o unos minutos más tarde, del primero de año…