Principe y mendigo
Principe y mendigo —Entonces que el preso quede en libertad. ¡Es la voluntad del rey!
A estas palabras tan poco propias de una majestad, siguió otro sonrojo, y el niño encubrió su poco decoro lo mejor que pudo añadiendo:
—Me enfurece que se ahorque a un hombre con pruebas tan pobres y tan descabelladas.
Un susurro de admiración recorrió la asamblea. No era admiración por la orden que dictaba Tom, porque la conveniencia o la necesidad de perdonar a un convicto de envenenamiento eran cosas que ninguno de los presentes se hubiera creÃdo con derecho a discutir ni a admirar; no. La admiración era por la inteligencia y la decisión que Tom habÃa demostrado. Algunos que comentaban en voz baja, decÃan:
—Éste no es un rey loco; está en su sano juicio.
—¡Cuán cuerdamente ha hecho las preguntas!
—¡Y cuán digna de como solÃa ser su antepasado ha sido su contundente manera de zanjar el asunto!
—¡Dios sea loado! ¡Se fue su mal!
—Éste no es un ser débil, sino un rey. Ha nacido con el genio de su padre.
Como el ambiente, estaba tan dispuesto al aplauso, necesariamente llegó algo de ello al oÃdo de Tom Canty, con el efecto de ponerle muy a sus anchas, y llenar su manera de obrar de muy placenteras sensaciones.