Principe y mendigo
Principe y mendigo —Soy el rey —dijo Eduardo, volviéndose hacia él—, y lo sabrás a su tiempo y a tu costa. Has confesado un asesinato y por él te ahorcaran.
—¿Tú me harás traición? ¿Tú? Si te pongo la mano encima…
—¡Alto, alto! —Dijo el vigoroso jefe de la cuadrilla, interponiéndose a tiempo de salvar al rey, y recalcando esta ayuda con unos puñetazos que derribaron a Hobbs por tierra—. ¿No tienes respeto ni a los reyes ni a los que usan puños de encajes? Si vuelves a ofender mi presencia, te estrangularé con mis propias manos. —Y agregó dirigiéndose a Su Majestad—: Haces mal en dirigir amenazas a tus camaradas, muchacho, y debes guardar la lengua para hablar mal de ellos en parte alguna. Sé rey enhorabuena, si eso satisface tu locura, pero que no sea ello un mal para nadie. No vuelvas a decir lo que has dicho, esto es traición. Seremos malos en cosas de poca monta, pero no tanto que hagamos traición a nuestro rey. En esto somos corazones amantes y leales. Repara si digo la verdad. Ahora, todos juntos: «¡Tenga larga vida Eduardo, rey de Inglaterra!».
—«¡Tenga larga vida Eduardo, rey de Inglaterra!».