Principe y mendigo
Principe y mendigo Una voz vibrante se dejó oÃr en el enrarecido aire:
—¡Eso no sucederá! ¡Y en este dÃa le ha llegado el fin a esa ley!
Todos se volvieron y vieron la fantástica figura del rey niño, que se acercaba veloz. Cuando emergió a la luz y se reveló claramente, hubo un estallido general de preguntas.
—¿Quién es ese? ¿Qué? ¿Quién eres tú, muñeco?
El niño permaneció imperturbable en medio de aquellos sorprendidos e interrogadores rostros, y respondió con majestuosa dignidad:
—Soy Eduardo, rey de Inglaterra. —Siguió a esto una explosión de carcajadas, en parte de mofa y en parte de júbilo, por la excelencia del chiste.
Eduardo se sintió ofendido y dijo con aspereza:
—¿Asà agradecéis la regia merced que os he prometido, vagabundos desorejados?
Dijo más, con colérica voz y excitados ademanes, pero todo se perdió en el torbellino de carcajadas y de expresiones de mofa. «Juan Hobbs» hizo varios intentos de ser oÃdo por encima de aquel barullo, y al fin lo consiguió diciendo:
—Camaradas, es mi hijo, un soñador, un loco, loco perdido. No le hagáis caso. Se cree el rey.