Principe y mendigo
Principe y mendigo La respuesta de la heterogénea chusma fue proferida con tan estentóreas voces que hizo que el destartalado edificio vibrara todo. El rostro de Eduardo resplandeció de placer un instante, e inclinó su cabeza al tiempo que decÃa con grave simplicidad:
—Gracias, mi buen pueblo. —Esta inesperada ocurrencia ocasionó a todos convulsiones de regocijo. Cuando volvió de nuevo algo parecido a la calma, dijo el jefe con firmeza, pero con acento bonachón:
—Déjate de tonterÃas, niño, que eso no es prudente ni está bien. Como broma puede pasar, pero escoge cualquier otro tÃtulo.
Un calderero expresó a voces una idea.
—Fu-fu I, rey de los tontos.
El tÃtulo hizo fortuna al instante, y todos respondieron con un tremendo aullido:
—¡Viva Fu-fu I, rey de los tontos!
A lo cual siguieron vociferaciones, maullidos y carcajadas.
—¡Subidle sobre el pavés y coronadle!
—¡Ponedle el manto real!
—¡Dadle el cetro!
—¡Entronizadle!