Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Estos y otros mil gritos estallaron a un tiempo, y, casi antes de que la pobre victima pudiera tomar aliento, viose coronada con una jofaina de peltre, envuelta en una manta en jirones, entronizada sobre un tonel y provista, a guisa de cetro, del soldador del calderero. Luego todos se hincaron en torno de él y prorrumpieron en un coro de sarcásticos gemidos y de burlonas súplicas, mientras se enjugaban los ojos con las mangas o con los delantales mugrientos y andrajosos.

—¡Sé benigno para nosotros, oh dulce rey!

—¡No pisotees a estos gusanos que te imploran, oh noble majestad!

—¡Compadécete de tus esclavos y consuélalos con un puntapié regio!

—¡Alégranos y caliéntanos con tus benignos rayos, oh flamante sol de la soberanía!

—¡Santifica la tierra con la pisada de tu pie, para que podamos comer el polvo y ennoblecernos!

—¡Dígnate escucharnos, oh señor, para que los hijos de nuestros hijos puedan hablar de tu regia condescendencia, y sentirse felices y orgullosos para, siempre!


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