Principe y mendigo
Principe y mendigo ¡Cuál fue su gozo cuando al fin vio el destello de una luz! Acercose a ella cautelosamente, paso a paso, para mirar en torno y escuchar. La luz procedía de un hueco de ventana sin vidrios en una desvencijada choza. El niño oyó una voz y sintió ganas de correr y esconderse, pero cambió al momento de opinión, ya que, sin lugar a dudas, aquella voz estaba rezando. Deslizose el rey hasta la ventana, se puso de puntillas y echó una mirada al interior de la choza. La habitación era pequeña y su suelo de tierra apisonada por el uso. En un rincón se veía un lecho de juncos y una o dos mantas hechas jirones; cerca de él un cubo, una taza, una jofaina, y algunos cacharros y sartenes. Había un banco angosto y un escabel de tres patas; en la chimenea quedaba el rescoldo de un fuego de leña. Ante una hornacina, iluminada por una sola vela, se hallaba arrodillado un hombre de edad, a cuyo lado, en una caja vieja de madera, estaban un libro abierto y una calavera. El hombre, que era de cuerpo grande y huesudo, y de pelo y barba largos y blancos como la nieve, se cubría con unas pieles de cordero que le llegaban de la garganta a las rodillas.
—Un santo ermitaño —se dijo el rey—. Ahora tengo en verdad suerte.
Levantose el ermitaño y el rey llamó a la puerta. Una voz grave respondió:
—Entrad, pero dejad fuera el pecado, porque es santa la tierra que vais a pisar.