Principe y mendigo
Principe y mendigo El rey entró y se detuvo. El ermitaño le dirigió una mirada viva e inquieta, y preguntó:
—¿Quién eres?
—Soy el rey —respondió el niño con plácida sencillez.
—¡Bienvenido, oh rey! —exclamó el ermitaño con entusiasmo. Y afanándose con febril actividad, y sin dejar de susurrar «bienvenido, bienvenido» arregló el banco, hizo sentar al rey junto al fuego, echó a éste algunos leños, y, finalmente, empezó a dar paseos con nervioso andar.
—Bienvenido. Muchos han buscado asilo aquí, mas no eran dignos de ello y han sido despedidos; pero un rey que desdeña su corona y los vanos esplendores de su oficio, y se viste de andrajos para dedicar su vida a la santidad y a la mortificación de la carne, ése sí que es digno, ése sí que, merece la bienvenida. Aquí morarás todos tus días hasta que te llegue la muerte.
El rey se apresuró a interrumpirle y a explicarle el caso, pero el ermitaño no le prestó atención ni le oyó en apariencia, sino que siguió con su charla, alzando la voz y con creciente fuerza: