Principe y mendigo
Principe y mendigo Padres tengo, señor, y una abuela, además, a la que quiero poco, Dios me perdone si es ofensa decirlo, también hermanas gemelas, Nan y Bet.
—De manera que tu abuela no es muy bondadosa contigo.
—Ni con nadie, para que sea servida Vuestra Merced. Tiene un corazón perverso y maquina siempre la maldad.
—¿Te maltrata?
—Hay veces que detiene la mano, estando dormida o vencida por la bebida; pero en cuanto tiene claro el juicio me lo compensa, con buenas palizas.
Una fiera mirada asomó a los ojos del principito, y exclamó:
—¡Cómo! ¿Palizas?
—Por cierto que sÃ, si os place, señor.
—¡Palizas! Y tú tan frágil y pequeño. Escucha: al caer la noche tu abuela entrará a la Torre. El rey, mi padre…
—En verdad, señor, olvidáis su baja condición. La Torre es sólo para los grandes.
—Cierto. No habÃa pensado en eso. Consideraré su castigo. ¿Es bueno tu padre para contigo?
—No más que la abuela Canty, señor.