Principe y mendigo
Principe y mendigo Hizo el rey un movimiento brusco, y se dijo: «¡Ojalá estuviera otra vez con los bandidos, porque ahora me veo prisionero de un loco!».
Sus temores aumentaron y se dejaron ver en su semblante. En voz baja continuó el ermitaño:
—Veo que percibes mi atmósfera. El temor se pinta en tus facciones. Nadie puede permanecer aquí sin verse afectado de ese modo, porque es el mismo cielo. Yo voy a él y vuelvo en un abrir y cerrar de ojos. En este mismo sitio me hicieron arcángel, ha cinco años, unos ángeles enviados del cielo para investirme con esa excelsa dignidad. Con su presencia llenaron este sitio de intolerable luz y se arrodillaron ante mí, ¡oh, rey! Sí, se arrodillaron ante mí, porque yo era más grande que ellos. Yo he andado por las salas del cielo y he hablado con patriarcas. Toca mi mano; no temas, tócala. Acabas de tocar una mano que ha sido estrechada por Abraham, Isaac y Jacob, porque he andado por las salas de oro y he visto frente a frente a la Divinidad.
Detúvose para dar mayor trascendencia a sus palabras, y de pronto mudó de expresión y se volvió a poner en pie, diciendo con airada energía: