Principe y mendigo
Principe y mendigo Y así prosiguió por espacio de una hora, mientras el pobre rey se desesperaba, sentado en su banco. De pronto pasó el frenesí del viejo, que volvió a ser todo suavidad. Se le amansó la voz, cayó de las nubes y empezó a hablar con tanta sencillez y tan humanamente que no tardó en ganar por completo el corazón del rey. El viejo devoto hizo que el niño se acercara más al fuego para que estuviese mejor, le curó con diestra y tierna mano las contusiones y rozaduras, y se puso a preparar y a guisar una cena, todo esto sin dejar de charlar agradablemente, y acariciando de cuando en cuando la mejilla o la cabeza del niño, con tanta dulzura, que al poco rato todo el temor y la repulsión inspirados por el arcángel se habían trocado en reverencia y afecto al hombre.
Este feliz estado de cosas prosiguió mientras los dos despachaban la cena. Luego, tras una plegaria ante la hornacina, el ermitaño acostó al niño en una pequeña habitación contigua, y lo arropó con tanto cariño como si fuera una madre; y así, con una caricia postrera, le dejó, se sentó junto al fuego y empezó a atizar los leños, distraído y sin interés. De pronto se detuvo y se golpeó varias veces la frente con la mano, como si tratara de recordar algún pensamiento que hubiera huido de su mente. No lo consiguió al parecer, y se levantó bruscamente y entró en el cuarto de su huésped, a quien dijo: