Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¿Eres el rey?

—Sí —respondió el niño semidormido.

—¿Qué rey?

—El de Inglaterra.

—Entonces, ¿ha muerto Enrique?

—¡Ay! Así es. Yo soy su hijo.

El ermitaño frunció el ceño y crispó la huesuda mano con vengativa energía. Estuvo unos momentos en pie, jadeando fuerte y tragando saliva repetidas veces, y dijo con voz tétrica:

—¿Sabes que él nos dejó sin casa ni hogar en este mundo?

No recibió respuesta. El viejo se inclinó para escudriñar el sereno semblante del niño y escuchar su calmada respiración. —Duerme; duerme profundamente —dijo—. Y el ceño desapareció de su frente, cediendo a una expresión de satisfacción malvada. El rostro del dormido niño se iluminaba con una sonrisa. El ermitaño refunfuñó: —Su corazón es feliz—. Y se alejó. Furtivamente empezó a dar vueltas, buscando algo por todas partes, deteniéndose a veces a escuchar, y a veces volteando a su alrededor para echar una mirada rápida a la cama, y hablando sin cesar entre dientes. Por fin encontró, lo que necesitaba: un enorme cuchillo mohoso y una piedra de afilar. Se acuclilló junto al fuego y empezó a afilar el cuchillo suavemente sin dejar de musitar, refunfuñar y rezongar…


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