Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Suspiraba el viento en torno del solitario paraje, y las misteriosas voces de la noche flotaban a distancia. Los vivarachos ojos de osados ratones contemplaban al viejo desde sus nidos, pero el ermitaño proseguía su obra, abstraído, absorto y sin darse cuenta de nada. A largos intervalos deslizaba el pulgar por el filo del cuchillo, y movía la cabeza con aire de satisfacción.

—Se va afilando —dijo—; se va afilando.

Sin cuidarse del pasar del tiempo, seguía afilando tranquilamente, enfrascado en sus pensamientos, que se traducían a veces en ordenada oración.

—Su padre nos hizo daño, nos destruyó y ha descendido al fuego eterno. Sí, al fuego eterno. Se libró de nosotros, pero fue la voluntad de Dios; sí, fue la voluntad de Dios, no debemos lamentarnos. Pero no se ha librado del fuego eterno. No se ha librado de ese fuego abrasador, implacable y en donde no caben remordimientos; y el fuego es eterno y perdurable.

Y así continuó, afilando y afilando sin cesar, y refunfuñando, conteniendo a veces una risa sardónica, y a veces profiriendo palabras.

—Su padre fue el que lo hizo todo. Yo no soy más que un arcángel; a no ser por él, hubiera sido papa.


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