Principe y mendigo

Principe y mendigo

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El rey se agitó un momento, y el ermitaño acercose sin hacer ruido al lado de su lecho y se arrodilló, inclinándose sobre el cuerpo del niño con el cuchillo levantado. Eduardo volvió a moverse y sus ojos se abrieron un instante, pero dormidos, sin ver nada. Y al momento su respiración acompasada mostró que su sueño volvía a ser profundo.

El ermitaño observó y escuchó un instante, sin cambiar de postura y sin respirar apenas. Por fin bajó lentamente el brazo y se alejó diciendo:

—Ha pasado ya la medianoche. No vaya a ser que grite, si por acaso pasa alguien.

Volvió a su aposento, recogió aquí un andrajo, allá unas tenazas y allá otro harapo, y después regresó, y con el mayor cuidado se las arregló para atar los tobillos del rey sin despertarlo. Intento luego ligarle las muñecas e hizo varias tentativas para cruzarlas, pero el niño apartaba siempre una u otra en el momento en que se disponía a atarlas con la cuerda; al fin, cuando el arcángel estaba próximo a la desesperación, el rey cruzó las manos por sí mismo y un instante después estuvieron atadas. El ermitaño le pasó luego una venda bajo la barbilla y por encima de la cabeza, donde la ató fuerte y con tanta delicadeza, tan despacio y haciendo los nudos tan diestramente, que el niño siguió durmiendo tranquilamente durante toda la maniobra, sin dar señales de vida.


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