Principe y mendigo

Principe y mendigo

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Los ojos del príncipe centellearon. Dijo:

—A fe mía, esto no me desagradaría. Cuéntame más.

—Jugamos carreras, señor, para ver quién de nosotros será el más veloz.

—También esto me gustaría. Sigue.

—En verano, señor, vadeamos y nadamos en los canales y en el río, y cada uno chapuza a su vecino, y lo salpica de agua, y se sumerge, y grita, y se revuelca, y…

—Valdría el reino de mi padre disfrutarlo aunque fuera una vez. Te ruego que prosigas.

—Danzamos y cantamos en torno al mayo en Cheapside; jugamos en la arena, cada uno cubriendo a su vecino; a veces hacemos pasteles de barro —ah, el hermoso barro, no tiene par en el mundo para divertirse—; nos revolcamos primorosamente en él señor, con perdón de Vuestra Merced.

—¡Oh!, te ruego que no digas más. ¡Es maravilloso! Si pudiera vestir ropa como la tuya, desnudar mis pies y gozar en el barro una vez tan solo, sin nadie que me censure y me lo prohíba, me parece que renunciaría a la corona.

—Y si yo pudiera vestirme una vez, dulce señor, como vos vais vestido; tan sólo una vez…


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