Principe y mendigo
Principe y mendigo —Esa es una idea curiosa y maravillosa. Perdóname, no he tenido intención de reÃrme. Pero tus buenas Nan y Bet tendrán sin tardar ropas y sirvientes, y ahora mismo. Mi mayordomo cuidará de ello. No, no me lo agradezcas; no es nada. Hablas bien; con gracia natural. ¿Eres instruido?
—No sé si lo soy o no, señor. El buen sacerdote que se llama padre Andrés, me enseñó, bondadosamente, en sus libros.
—¿Sabes el latÃn?
—Escasamente, señor.
—Apréndelo, muchacho: sólo es difÃcil al principio. El griego es más difÃcil, pero ni éstas ni otras lenguas son difÃciles, creo, para lady Isabel y para mi prima. ¡TendrÃas que oÃrlo a estas damiselas! Pero cuéntame de tu «Offal Court». ¿Es agradable tu vida allÃ?
—En verdad, sÃ, señor, salvo cuando uno tiene hambre. Hay tÃteres y monos —¡oh, qué criaturas tan traviesas y qué gallardas van vestidas!— y hay comedias en que los comediantes gritan y pelean hasta caer muertos todos; es tan agradable de ver, y cuesta sólo una blanca aunque es muy difÃcil conseguir la blanca.
—Cuéntame más.
—Nosotros, los muchachos de Offal Court, luchamos unos con otros con un garrote, al modo de aprendices, señor.