Principe y mendigo
Principe y mendigo —Empiezo a creerte —contestó Hendon, con acento en que se mezclaban la burla y la convicción—, pero aguarda aquà un momento, mientras corro a preguntar a su señorÃa, porque sin duda, como hombre experto en leyes, en bromas y en…
Quiso alejarse sin dejar de hablar, pero el alguacil vaciló, profirió uno o dos juramentos, y por fin exclamó:
—Espera, espera, señor. Te ruego que esperes un poco. ¡El juez! Tiene con los bromistas tan poca compasión como un cadáver. Ven y seguiremos hablando. ¡Cuerpo de tal! Por lo visto estoy en un atolladero y todo por una burla inocente y sin malicia. Señor, tengo familia y mi mujer y mis hijos… Atiende a razones, señor. ¿Qué quieres de m�
—Sólo que seas ciego, mudo y paralÃtico, mientras yo cuento hasta cien mil… Contaré despacio —dijo Miles Hendon con la expresión de un hombre que no pide sino un favor razonable y modesto.
—Eso es mi perdición —dijo el alguacil desesperado—. ¡Ah! Sed razonable, señor. Considerad el asunto por todos sus lados, y ved que es una pura broma, una broma manifiesta y evidente; y si alguien dijere que, no lo es, serÃa entonces una falta tan pequeña, tan pequeña, que la pena mayor que merecerÃa serÃa una reprensión y un aviso del juez.