Principe y mendigo
Principe y mendigo Hendon replicó con una solemnidad que dejó helado hasta el aire que respiraba el alguacil:
—Esa burla tuya tiene un nombre en la ley. ¿Sabes cuál es?
—No lo sé. Acaso haya sido una imprudencia. Ni por sueños pensé que tuviera nombre. ¡Ah, santo cielo! Creà que era una cosa original.
—SÃ. Tiene un nombre. En la ley ese delito se llama Non compos mentÃs ¡ex talionis sic transit gloria Mundi!
—¡Oh, Dios mÃo!
—Y su castigo es la muerte.
—¡Dios tenga piedad de mis culpas!
—Aprovechándose de la situación de una persona en peligro y que se hallaba a tu merced, te has apoderado de objetos de valor superior a trece peniques y medio sin pagar más que una miseria por ellos; y eso, a los ojos de la ley, es vejación constructiva, prisión infundada de traición, fechorÃa en el cargo, ad hominem expurgatis in statu quo, y la pena es la muerte por manos del verdugo, sin rescate, conmutación ni beneficio de clerecÃa.
—Sostenedme, señor, sostenedme, que me flaquean las piernas. ¡Tened compasión de mÃ! Evitadme esa sentencia, y me volveré de espaldas y no veré nada de cuanto ocurra.