Principe y mendigo
Principe y mendigo —No te precipites. Ándate con cuidado y no cometas una sandez —agregó Hendon, bajando la voz hasta un susurro y hablando al oído del hombre—. El cerdo que has comprado por ocho peniques te puede costar la cabeza.
El pobre alguacil, tomado de sorpresa, se quedó al pronto sin habla, mas luego empezó a proferir amenazas. Hendon, sin alterarse, esperó con paciencia hasta que se le acabó la cuerda, y luego dijo:
—Me has sido simpático, amigo, y no quisiera que te ocurriera daño. Ten en cuenta que lo he oído todo, como te lo probaré.
Y a renglón seguido le repitió, palabra por palabra, la conversación que el alguacil sostuvo con la mujer en la antecámara del tribunal, y terminó diciendo:
—¿Te lo he contado bien? ¿No crees que podría contárselo lo mismo al juez, si la ocasión se presentara?
El alguacil permaneció un instante mudo de temor y de desaliento; luego se repuso y dijo con forzado desembarazo:
—Mucho valor quieres tú darle a una broma. No he hecho más que engañar a la mujer para divertirme.
—¿Y para divertirte guardas el cerdo?
—Sólo para ello, señor —repuso vivamente el alguacil—. Ya te he dicho que no fue más que una broma.