Principe y mendigo
Principe y mendigo Cuando hubieron recorrido como diez millas, llegaron a un pueblo importante, donde pernoctaron en una buena posada. Reanudáronse entonces las relaciones de antes, manteniéndose Hendon detrás de la silla del rey mientras éste comÃa, asistiéndole y desnudándole cuando se disponÃa a acostarse. Lo hacÃa él en el suelo, al través de la puerta, envuelto en una manta.
El dÃa siguiente y el otro siguieron su caminata despacio, sin dejar de hablar de las aventuras que habÃan tenido desde su separación, y gozando grandemente con sus narraciones. Hendon refirió todas sus idas y venidas en busca del rey, y le dijo cómo el arcángel le habÃa conducido por todo el bosque, hasta llevarlo otra vez a la choza, cuando al fin vio que no se podÃa desembarazar de él. Entonces —prosiguió—, el viejo entró al cubil y volvió dando traspiés y en extremo alicaÃdo, pues dijo que esperaba encontrarse con que el niño habÃa vuelto y se habÃa tendido a descansar, mas no era asÃ. Hendon aguardó todo el dÃa en la choza, y cuando al fin perdió la esperanza del regreso del rey, partió, otra vez en su busca.
—Y el viejo Sanctasanctórum estaba verdaderamente apenado por la desaparición de Vuestra Majestad. Se le conocÃa en la cara.
—No lo dudo, a fe mÃa —contestó el rey. Tras de lo cual refirió sus aventuras, que hicieran arrepentirse a Hendon de no haber acogotado al arcángel.