Principe y mendigo
Principe y mendigo El buen humor del soldado adquirió gran vuelo el último dÃa del viaje. Sin dar paz a la lengua, habló de su anciano padre y de su hermano Arturo, y refirió hartas cosas que revelaban el generoso carácter de ambos. Tuvo palabras de exaltación para su Edita, y, en suma, estaba tan animado que hasta llegó a decir cosas cordiales y fraternales de Hugo. Habló largo y tendido de la futura llegada a Hendon Hall. ¡Qué sorpresa para todos, y qué estallido de agradecimiento y deleite se manifestarÃa!
Era una campiña hermosa, sembrada de casas de campo y huertos, y el camino se tendÃa entre vastas praderas, cuyas lejanÃas, señaladas por suaves altozanos y depresiones, sugerÃan las constantes ondulaciones del mar. Por la tarde, el hijo pródigo que regresaba a su hogar se desviaba continuamente de su camino para ver si subiendo a alguna loma le serÃa posible atravesar la distancia y divisar su morada. Al fin lo consiguió, y exclamó excitado:
—Aquél es el pueblo, prÃncipe, y allá se ve mi casa. Desde ahà se alcanza a divisar las torres. Y aquel bosque es el jardÃn de mi casa. ¡Ah! Ya verás qué lujo y qué grandeza. ¡Una casa con setenta habitaciones, piénsalo, y con veintisiete criados! MagnÃfico albergue para nosotros, ¿verdad? ¡Ea! Corramos, que mi impaciencia no sufre más demora.