Principe y mendigo
Principe y mendigo Apresuráronse todo lo posible, mas a pesar de todo eran las tres antes de llegar al pueblo. Los viajeros lo cruzaron sin que Hendon dejara de hablar.
—Esta es la iglesia… cubierta con la misma hiedra, ni más ni menos. Allà está la posada, el viejo León Rojo, y más allá el mercado. Aquà está el mayo y aquà la bomba. Nada ha cambiado, por lo menos nada más que la gente, porque en diez años la gente cambia. A algunos me parece conocer, pero a mà no me conoce nadie.
Asà continuó hablando y no tardaron en llegar al extremo del pueblo, donde los viajeros se metieron por un camino angosto y tortuoso que se abrÃa entre elevados setos, y anduvieron por él al trote cerca de media hora, para entrar después a un amplio jardÃn por una verja magnÃfica, en cuyos grandes pilares de piedra se mostraban emblemas nobiliarios esculpidos. Hallábanse en una noble morada.