Principe y mendigo
Principe y mendigo —Bienvenido a Hendon Hall, rey mÃo —exclamó Miles—. Éste es un gran dÃa. Mi padre, mi hermano y lady Edita sentirán tanta alegrÃa que no tendrán ojos ni palabras más que para mà en los primeros transportes de este encuentro, y asà tal vez te parezca que te acogen con frialdad; pero no te preocupes, que pronto te parecerá lo contrario, pues cuando yo diga que tú eres mi pupilo y les cuente lo que me cuesta el cariño que te profeso, ya verás cómo te estrechan contra su pecho y te hacen el don de su casa y sus corazones para siempre.
En el momento siguiente se apeó Hendon delante de la gran puerta, ayudó a bajar al rey, lo tomó de la mano y corrió al interior. A los pocos pasos dieron en un espacioso aposento; entró el soldado e hizo entrar al rey con más prisa de la que convenÃa, y corrió hacia un hombre que se hallaba sentado a un escritorio frente a un abundante fuego.
—¡Abrázame, Hugo, y di que te alegras de volver a verme! Llama a nuestro padre, porque esta casa no es mi casa hasta que yo estreche su mano y vea su rostro y oiga su voz una vez más.