Principe y mendigo
Principe y mendigo Miles dio un salto hacia adelante, con serena confianza, para salirle al encuentro, pero Edita le contuvo con un ademán casi imperceptible y el soldado se detuvo. Sentose la dama y le pidió que hiciera otro tanto. AsÃ, sencillamente le hizo perder la sensación de antiguo compañerismo, y lo transformó en un desconocido y en un huésped. La sorpresa, lo inesperado del momento, obligó a Miles a preguntarse un instante si era en efecto la persona que pretendÃa ser. Lady Edita dijo:
—He venido a preveniros, caballero. Acaso no es posible disuadir de su engaño a los locos, pero sin duda se les puede persuadir a que eviten peligros. Creo que ese sueño vuestro tiene para vos la apariencia de una verdad en artificio, y no es por tanto criminal… Pero no insistáis, porque es peligroso. —Y añadió con impresionante voz y mirando de lleno al rostro de Miles—: Es tanto más peligroso cuanto que os parecéis mucho al que habrÃa sido nuestro difunto joven, si hubiera vivido.
—¡Cielos, señora! ¡Si soy yo mismo!