Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—Creo, en verdad, que así lo pensáis, caballero. No pongo en duda vuestra honradez; no hago sino preveniros. Mi esposo es señor de esta región; su poder apenas reconoce límites; la gente prospera o muere de hambre según sea su voluntad. Si no os parecierais al hombre que decís ser, mi marido podría consentiros gozar pacíficamente de vuestro sueño; pero lo conozco bien y bien sé lo que hará. Pregonará a todos que no sois sino un orate impostor, y todos le harán coro sin vacilar. —Volvió a clavar en Miles la mirada y añadió—: Si fuerais Miles Hendon y él lo supiera, y lo supiera toda la comarca, fijaos bien en lo que digo y meditadlo bien, estaríais en el mismo peligro, y vuestro castigo no sería menos cierto. Él os negaría y os denunciaría, y nadie osaría salir en vuestra defensa.

—Lo creo sin duda alguna —contestó Miles con amargura—. La persona que puede ordenar a una amiga de toda la vida que traicione y niegue, y que es obedecida, puede muy bien esperar obediencia en los lugares en que se juegan el pan y la vida y no se tienen en cuenta vínculos de lealtad y honor, más frágiles que la tela de una araña.

Un débil rubor apareció un instante en las mejillas de la dama; que bajó la vista al suelo; pero su voz no denunció emoción alguna al proseguir:


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