Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—Éste no es Hendon, ni lo ha sido nunca.

—Cierto. Tus viejos ojos son buenos todavía. Si yo fuera sir Hugo, agarraría a ese perillán y…

El alcaide acabó poniéndose de puntillas como si le levantase una cuerda imaginaria, y haciendo al mismo tiempo un ruido gutural, que remedaba al ahorcado. El viejo exclamó con rencoroso acento:

—Ya podrá bendecir a Dios si no le espera algo peor. Si yo tuviera que ajustarle cuentas, se vería tostado, a fe mía.

Estalló el alcaide en una carcajada de hiena y dijo:

—Puedes entendértelas con él, viejo, como hacen todos. Ya verás cómo te diviertes.

Salió el alcaide de la sala y desapareció. Entonces el anciano cayó de rodillas y cuchicheó:

—¡Loado sea Dios, que por fin habéis venido! ¡He estado siete años creyendo que habíais muerto, y ahora os veo vivo! Os he conocido en el momento de miraros, y mucho trabajo me ha costado conservarme impasible y fingir no ver aquí más que a un bribón de siete suelas y basura de la calle. Soy viejo y pobre, sir Miles, pero decid una palabra y saldré a proclamar la verdad, aunque me ahorquen por ello.


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