Principe y mendigo

Principe y mendigo

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En la semana siguiente, días y noches fueron de monótona igualdad en cuanto a acontecimientos. Hombres cuyos semblantes recordaba Hendon más o menos distintamente, llegaban de día a mirar al impostor y a repudiarle e insultarle, y por la noche los alborotos y las peleas proseguían con insufrible regularidad. No obstante, al fin se ofreció un nuevo episodio. El alcaide hizo entrar a un anciano y le dijo:

—El bellaco está en esa sala. Mira en torno y a ver si puedes conocer quién es.

Hendon levantó, la vista y experimentó una sensación agradable por primera vez desde que estaba en la cárcel. Díjose: «Éste es Blake Andrews, que fue toda la vida criado de la familia de mi padre. Es un alma honrada, un corazón fiel; es decir, lo era, porque ahora no hay ninguno que lo sea; todos son mentirosos. Ese hombre me conocerá… y me negará, como todos los demás».

El viejo miró en torno de la sala, escrutando uno a uno todos los semblantes, y, finalmente, dijo:

—No veo aquí más que bribones desorejados, la hez de la calle. ¿Quién es él?

El alcaide rompió a reír.

—Ahí —dijo—. Mira a esa sabandija y dame tu razón.

Acercose el viejo y miró de arriba abajo a Hendon; luego movió gravemente la cabeza y dijo.


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