Principe y mendigo

Principe y mendigo

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—¿Advertisteis? Se figuró que tenía una espada. Quizá sea el mismo príncipe.

Esta salida trajo más risas. El pobre Eduardo se irguió altivamente y dijo:

—Soy el príncipe y mal os sienta a vosotros, que vivís de la bondad de mi padre, tratarme así.

Esto lo disfrutaron mucho, según lo testificaron las risas. El joven que había hablado el primero gritó a sus compañeros:

—¡Basta, cerdos, esclavos, pensionistas del regio padre de Su Gracia!, ¿dónde están vuestros modales? ¡De rodillas, todos vosotros, y haced reverencia a su regio porte y a sus reales andrajos!

Con ruidosa alegría cayeron de rodillas como uno solo e hicieron a su presa burlón homenaje. El príncipe pateó al muchacho más próximo y dijo fieramente:

—Toma eso, mientras llega la mañana y te levanto una horca.

¡Ah, pero esto no era ya una broma, esto iba pasando de diversión! Cesaron al instante las risas, y tomó su lugar la furia. Una docena gritó: «¡Cogedle! ¡Al abrevadero de los caballos! ¡Al abrevadero de los caballos! ¿Dónde están los perros? ¡Eh, León! ¡Eh, Colmillos!».

Siguió luego algo que Inglaterra no había visto jamás: la sagrada persona del heredero del trono abofeteada por manos plebeyas, y atacada y mordida por perros.


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