Principe y mendigo
Principe y mendigo Por fin llegó el acto final. El arzobispo de Canterbury levantó de su cojín la corona de Inglaterra y la suspendió sobre la cabeza temblorosa del fingido rey. En el mismo instante un resplandor de arco iris fulguró en el amplio crucero, porque, en un movimiento simultáneo, cada individuo del gran concurso de nobles levantó la corona y la suspendió sobre su cabeza y la detuvo en esa postura. Un profundo silencio reinó en la Abadía. En este impresionante momento una pasmosa aparición de pronto se hizo presente, avanzando por la gran nave central. Era un niño, con la cabeza descubierta, mal calzado y vestido con burdas prendas plebeyas que se caían a jirones. Levantó su mano, con una solemnidad que no concordaba con su lastimoso sucio aspecto, y pronunció esta advertencia:
—Os prohíbo poner la corona de Inglaterra en esa cabeza perdida. Yo soy el rey.
Al instante varias manos indignadas cayeron sobre el niño, pero en el mismo instante Tom Canty, con sus regias vestiduras, avanzó vivamente un paso y gritó con sonora voz:
—¡Soltadle y conteneos! ¡Él es el rey!