Principe y mendigo
Principe y mendigo Una especie de pánico asombrado privó en la asamblea; se levantaron parcialmente de sus asientos y se miraron aturdidos unos a otros, y a las principales figuras de aquella escena, como personas que se preguntaran si estaban despiertas y en su juicio o dormidas y soñando. El lord protector estaba tan asombrado como los demás, pero se repuso pronto y exclamó con autoritaria voz:
—No hagáis caso a Su Majestad; su dolencia le ha vuelto a atacar. ¡Prended al vagabundo!
Habría sido obedecido, pero el fingido rey golpeó el suelo con el pie y exclamo:
—¡Os lo prevengo! ¡No lo toquéis, es el rey!
Las manos se apartaron; una parálisis asaltó la sala; nadie se movió, nadie habló. Nadie sabía, en verdad, cómo actuar o qué decir en tan extraño y sorpresivo aprieto. Mientras todos los ánimos intentaban serenarse, el niño avanzó aún más, resueltamente, con arrogante porte y confiado semblante; no había vacilado desde el principio, y mientras los confundidos ánimos luchaban aún inútilmente, él subió a la plataforma y el fingido rey corrió a su encuentro con el rostro alegre y cayó de rodillas ante él y dijo:
—¡Oh, mi señor rey!, dejad que el pobre Tom Canty sea el primero que os jure fidelidad y os diga: «Poneos la corona y recobrad lo que es vuestro».