Principe y mendigo

Principe y mendigo

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La mirada del lord protector se clavó severamente en el rostro del recién llegado, pero instantáneamente la severidad se esfumó y dio paso a una expresión de admirada sorpresa. Esto mismo les ocurrió a los demás grandes dignatarios. Se miraron unos a otros y retrocedieron un paso, por un impulso general e inconsciente. La idea en cada mente era la misma: «¡Qué extraño parecido!».

El lord protector reflexionó perplejo unos breves momentos; luego dijo, con grave respeto:

—Con vuestro permiso, señor, deseo haceros ciertas preguntas que…

—Yo las responderé, milord.

El duque le hizo muchas preguntas acerca de la corte, del difunto rey, del príncipe, de las princesas. El niño las respondió acertadamente y sin vacilar. Describió las habitaciones de gala del palacio, los aposentos del difunto rey y los del Príncipe de Gales.

Era extraño, era maravilloso, sí, era inexplicable, así dijeron todos cuantos lo oyeron. La corriente comenzaba a variar y las esperanzas de Tom Canty a crecer, cuando el lord protector meneó la cabeza y dijo:

—Cierto que es maravilloso en extremo, pero no es más de lo que puede hacer nuestro señor el rey.

Esta observación y esta referencia a sí mismo como rey todavía entristecieron a Tom Canty, y sintió que se derrumbaban sus esperanzas.


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