Principe y mendigo
Principe y mendigo Sobrevino un silencio, no perturbado por ningún movimiento o cuchicheo, y todos los ojos se clavaron en el recién llegado, que cabizbajo y con el ceño fruncido buscaba en su memoria, entre una atestada multitud de inútiles recuerdos, por un solo hecho pequeñito y elusivo que, de ser hallado, lo sentaría en un trono, y de no serlo, lo dejaría de una vez para siempre como estaba: un mendigo y un paria. Momento tras momento transcurrió y los momentos se convirtieron en minutos, y el niño seguía luchando en silencio sin dar indicios. Mas al fin exhaló un suspiro, movió lentamente la cabeza, y dijo, con labios temblorosos y con afligida voz:
—Recuerdo la escena, toda, pero en ella no figura el Sello. —Hizo una pausa, levantó la vista y dijo con gentil dignidad—: Milores y caballeros, si queréis despojar a vuestro legítimo soberano de lo que es suyo por la falta de esta evidencia que no puede proporcionar, no os lo habré de impedir viéndome impotente. Pero…