Principe y mendigo
Principe y mendigo —¡Oh desatino, oh locura, rey mÃo! —Gritó Tom Canty, aterrorizado—. ¡Esperad! ¡Pensad! ¡No os deis por vencido! ¡La causa no está perdida! ¡Ni lo estará! Escuchad lo que diga, seguid cada palabra, voy a recordaros lo que pasó aquella mañana, cada lance tal como sucedió. Conversamos; os conté de mis hermanas, Nan y Bet ¡ah, sÃ!, eso lo recordáis; y de mi vieja abuela, y de los bruscos juegos de los muchachos de Offal Court; sÃ, también recordáis estas cosas muy bien, seguidme aún, lo recordaréis todo. Me disteis de comer y de beber, y con principesca cortesÃa despedisteis a los servidores, para que mi mala crianza no me avergonzara delante de ellos, oh, sÃ, todo esto lo recordáis.
A medida que Tom verificaba sus detalles y el otro niño asentÃa con la cabeza, el gran auditorio y los dignatarios abrÃan grandes ojos de perplejo asombro; el relato sonaba a historia verdadera; no obstante, ¿cómo habÃa sucedido esta imposible unión entre un prÃncipe y un mendigo? Jamás hubo antes un grupo de personas más perplejo, más interesado y más estupefacto.