Principe y mendigo
Principe y mendigo —De guasa, prÃncipe, cambiamos vestidos. Luego nos pusimos delante de un espejo, y éramos tan parecidos que los dos dijimos que parecÃa que no hubiera habido cambio ninguno; sÃ, recordáis eso. Luego notasteis que el soldado habÃa herido mi mano; ¡mirad!, hela aquÃ; ni siquiera puedo aún escribir con ella, tan tiesos están los dedos. En esto, Vuestra Alteza dio un salto, jurando vengaros del soldado, y corristeis hacia la puerta; pasasteis junto a una mesa; eso que llamáis el Sello estaba sobre ella; lo tornasteis y mirasteis entorno afanosamente, como buscando sitio donde esconderlo; vuestra mirada lo encontró…
—¡Eso es!, ¡basta ya!, ¡gracias sean dadas al buen Dios! —Exclamó el andrajoso pretendiente, en suprema excitación—. ¡Id, mi buen St. John, que en un brazo de la armadura milanesa que cuelga de la pared encontraréis el Sello!
—¡Justo, mi rey, justo! —gritó Tom Canty—, ahora el cetro de Inglaterra es vuestro. ¡Y hubiera sido mejor para aquel que os lo disputase el haber nacido mudo! ¡Id, milord St. John, poned alas a vuestros pies!